Scene20 - Viaje

Claudia&Yasshiff

Muy poca gente sabe que los vampiros sueñan. Muy escasamente. Desde luego un vampiro podía vivir toda su vida desde que le convertían en un no-muerto hasta que llegaba su muerte verdadera, sin soñar.

Yasshiff había estado soñando de forma irregular desde que cruzaron la frontera de Nuevo México. Normalmente él conducía de noche, con una Claudia agotada durmiendo en el asiento trasero del Ford que habían robado en Sudamérica; y durante el día, era su ghoul quien conducía ininterrumpidamente, bajo el sol abrasador del desierto.
Y no sabía si era por el sonido del coche durante su sueño, o por el calor del sol que se filtraba a través del maletero y conseguía acalorarle, pero durante su letargo soñaba con la carretera. Él conducía a plena luz del día, con unas gafas de sol oscuras que tapaban el sol que caía directamente desde la capota abierta.

Todo brillaba por la luz del medio día, arrancando reflejos anaranjados a los cristales del coche. Claudia estaba recostada sobre el asiento del copiloto, con la mitad de la cara oculta por unas gafas de sol rojas en forma de corazón. Vestida con pantalón corto, sus largas piernas desnudas se bronceaban, apoyadas a lo largo sobre la ventanilla abierta. Su cabello corto se sacudía en mechones, alborotado por el viento, y ella se volvía hacia él y le sonreía, con la sonrisa satisfecha y libre de quien no necesita más que la carretera para seguir. Hasta el fin del mundo.

Yasshiff la miraba de reojo, sin el filtro oscuro de sus gafas, y le devolvía la sonrisa. Una sonrisa de medio lado que deformaba la perilla oscura que le decoraba la barbilla. Deseaba alargar una mano y acariciar una de aquellas piernas interminables y pálidas que acababan en unos pies pequeños y alargados de uñas pintadas de un rojo brillante.

Y bajo la luz abrasadora del desierto, el coche levantaba el polvo de la carretera y en la radio sonaba alguna típica canción americana, sureña, con un banjo y una voz estrangulada. Claudia se reía, y él la observaba de reojo, con el anhelo voraz de un niño frente al escaparate de una pastelería. Y ella le devolvía la mirada, una mirada cómplice que parecía dar a entender que en el mundo no existía nadie más que ellos dos.


Entonces, Yasshiff despertaba en el aparcamiento de algún bar de carretera, recién entrada la noche, mientras Claudia abría el maletero cubierta de polvo y con el rostro encendido debido a las quemaduras del sol. Con los labios cortados esbozaba su nombre, y él se limitaba a asentir y a salir del maletero para coger el testigo del volante. Y antes de que ella se quedara dormida sobre los asientos traseros, el vampiro le tendía una manta para que se cobijara, para que ocultara aquellas piernas, largas y delgadas, bronceadas a medias, el objeto de su deseo y también el objeto de sus frustraciones.